El tirano que compró a Occidente

Hasta hace poco los líderes mundiales se disputaban un encuentro con el coronel. Europa compra a Libia el 90% de su petróleo y la familia Gadafi ha penetrado en el corazón de las finanzas europeas

MIGUEL MORA 27/02/2011 (El Pais)

En Italia nos respetan. En Estados Unidos nos respetan!”, bramó el coronel, tocado con un turbante y blandiendo iracundo ora el Libro Verde, ora la funda de las gafas. “¡Dejad de aplaudir y escuchad lo que digo!”. Su grito resonó en el vacío de las ruinas del palacio-cuartel bombardeado por Estados Unidos en 1986. Eran otros tiempos: Muamar el Gadafi era entonces el gran promotor del terrorismo internacional, un gobernante paria, el “perro loco” de Ronald Reagan. Hace solo dos años, el coronel llegó a la cumbre del G-20 como invitado especial a la reunión celebrada en L’Aquila (Italia), y los líderes del mundo occidental se rifaban un encuentro de cinco minutos con él. Ahora, las cosas han cambiado otra vez. En las ciudades de Libia es el Ejército de la Jamahiriya el que usa los helicópteros, tanques, misiles, granadas y cazas vendidos por las potencias occidentales para reprimir a sangre y fuego las protestas de los ciudadanos que exigen el final de un régimen que dura 41 años.

Mil muertos, decenas de millares de heridos… Nadie lo sabe a ciencia cierta. Quizá nadie lo sabrá hasta dentro de algunos años. Las milicias de Gadafi están borrando las pruebas del terror, y el tirano que escupía amenazas y disparates a la cámara es hoy un agente importante en la escena económica y financiera global. Un socio de peso para muchas empresas y países de Occidente. Su principal socio comercial es Italia, el segundo es Alemania. Y sobre todo, Libia es el octavo Estado mundial en reservas de petróleo, con 44.300 millones de barriles por extraer, y el decimoctavo en producción, con 1,65 millones de barriles diarios.

Gadafi tiene razón en sentirse respetado en Estados Unidos; y en Italia, pero también en Reino Unido, donde ha invertido en sectores como educación, prensa, fútbol o inmobiliario. O en España, que en 2007 firmó acuerdos para vender armas a Trípoli por valor de 1.500 millones de euros y confiaba en cerrar contratos comerciales por un monto de 12.300 millones, según revela un cable secreto del portal Wikileaks despachado por el embajador de Estados Unidos en Madrid.

Desde que, hace seis años, la Administración de George W. Bush decidió condenar al sanguinario Sadam Husein y sacar del ostracismo a Gadafi, olvidando sus numerosos delitos terroristas, el dictador libio ha utilizado su poder absoluto, sus fondos soberanos -el dinero líquido procedente de las ganancias del petróleo- y en menor medida sus empresas familiares para invertir en Occidente, reedificar su país con la ayuda de empresas extranjeras y ayudar a capitalizar muchas compañías importantes de Europa y Estados Unidos.

El ambiente de rapacería queda bien dibujado en este despacho diplomático de Trípoli hace un par de años. “El jefe del Consejo Libio de Viviendas e Infraestructuras, Mohamed Abujela al Mabruk, dijo al embajador el 15 de febrero que aproximadamente la mitad de la inversión prevista de 62.000 millones de dinares libios (47.000 millones de dólares) en proyectos de construcción para 2008 ha sido ya adjudicada, básicamente a compañías extranjeras. Añadió que esperaba que la inversión aumentara en unos 10.000 millones de dinares en los próximos años”.

Y agregaba el cable: “Aunque China y Turquía han recibido la mayor parte de los contratos adjudicados hasta ahora, Mabruk subrayó que hay todavía mucho espacio para que las compañías de Estados Unidos compitan potencialmente en proyectos todavía más grandes que los adjudicados hasta la fecha”.

El líder de la revolución libia empezó el siglo XXI en lo alto de las listas de apestados internacionales y de Estados terroristas, pero su metamorfosis ha sido meteórica: hace solo una semana era un ejemplo de inversor civilizado y empático. Lo dijo en público el verano pasado Cesare Geronzi, presidente de Generali y prohombre de las finanzas italianas: “No he conocido nunca socios mejores que los libios”.

El baño de sangre ha cogido a la comunidad internacional con las manos en la caja. La crisis se está viviendo con creciente repulsa ciudadana en Washington y en la Unión Europea, que ultimaba ya su acuerdo comercial con Libia cuando Gadafi decidió resucitar su retórica genocida y su rostro de carnicero y contratista de mercenarios.

El lugar donde el estallido libio ha producido más temor e incertidumbre es Italia, quizá el país que más ostentosamente se ha comprometido con el régimen de Gadafi. En los dos últimos años, el primer ministro Silvio Berlusconi ha visitado ocho veces Libia, y el coronel ha plantado sus jaimas (tiendas nómadas) en Italia en cuatro ocasiones. La relación entre ambos ha sido en apariencia cálida, con la triste broma del bunga bunga (el rito erótico libio importado) como piedra de toque. El coronel ha puesto en el platillo de la balanza su tesoro personal-estatal acumulado en los últimos años con las ganancias del crudo, estimado en unos 50.000 millones de euros, y su compromiso para frenar la salida de inmigrantes. Il Cavaliere pudo cumplir así su promesa electoral (reducir la inmigración clandestina) y abrió de par en par las puertas de Italia a los fondos libios, ayudando a legitimarlos en los mercados internacionales y pilotando con mimo las inversiones más importantes.

Gracias al Tratado de Amistad, Asociación y Cooperación, firmado el 30 de agosto de 2008 en la hoy rebelde Bengasi, Italia pasó a ser uno de los caladeros financieros favoritos de Gadafi: tras dos años de amistad, el coronel es hoy el quinto inversor individual por volumen de negocio de la Bolsa de Milán.

Por ejemplo, Lafico, la empresa del coronel para inversiones en el extranjero, tiene el 7,5% del capital de la Juventus, el equipo de fútbol de la FIAT (de la que Libia posee algo menos del 2%). El fondo soberano Lybian Investment Authority (LIA) es dueño del 1% de ENI, el coloso energético italiano. Y Trípoli es el primer accionista de Unicredit, el mayor banco de Italia, con una cuota del 7,5%, valorada en unos 2.500 millones. En septiembre de 2010, el fondo Libian Investment Authority (LIA) compró un 2% de las acciones del banco, que se sumó al 4,9% que habían adquirido dos años antes LIA, el Banco Central de Libia y el Libyan Foreign Bank.

A través de esa escalada en uno de los gigantes de la banca europea (más de 10.200 sucursales en 22 países), Libia -es decir, el régimen de Gadafi- se hizo con el sillón principal de un consejo de administración donde el segundo accionista es Mediobanca, del que es consejera la hija mayor de Berlusconi, Marina. La compraventa produjo en septiembre pasado un seísmo en el sector financiero, incluida la dimisión del consejero delegado de Unicredit, Alessandro Profumo. La xenófoba Liga del Norte se quejó en público, pero de hecho aumentó su poder en el banco. Y para que no quedara nadie descontento, el LIA creó un fondo conjunto de 500 millones de dólares con Mediobanca, banco en teoría rival, para rescatar a compañías en apuros.

La operación catapultó a Gadafi al corazón de las instituciones financieras italianas y europeas: de los 316 votos que administran el Banco de Italia, Unicredit posee 50, tantos como el San Paolo. El Banco de Italia posee el 12,5% de los derechos del Banco Central Europeo.

La fuerza de la presencia de Gadafi en Europa -países de la UE importan casi el 90% del crudo libio- se pudo medir el pasado martes. Ese día sucedió un hecho raro en la historia del capitalismo. La Bolsa de Milán estuvo cerrada toda la mañana a causa de una nunca aclarada “avería técnica”. El mercado de Piazza Affari paró por completo durante seis horas. Casi nadie entendía nada. El regulador pedía explicaciones, los brokers protestaban. Poco después se supo la verdad. No había tal avería, sino solo miedo al derrumbe de Gadafi. El cierre se produjo por temor a que se hundieran los títulos de las empresas italianas con intereses en Libia y de las sociedades en las que ha invertido el líder libio. El miedo es libre.

El día anterior, lunes, empezaron a llegar noticias sangrientas desde Trípoli. En solo unas horas, los títulos de la crema industrial, energética y bancaria italiana (Finmeccanica, Impregilo, Mediobanca, Generali, Fiat, ENI…) perdieron en el parqué milanés porcentajes cercanos al 5%. Petróleo y sangre es una mezcla que huele mal. Apesta. Libia es el país africano con mayores reservas de petróleo; su crudo, según los expertos, se encuentra entre los de mayor calidad del mundo. Y también tiene gas. El martes, ENI anunciaba con una escueta nota oficial que había cerrado el gasoducto Greenstreeam que transporta a Italia desde Libia el 10% del total de gas natural que importa Roma. El personal de las plantas volvía a casa.

Aun no está claro si el cierre fue voluntad de ENI o de los opositores a Gadafi, en represalia por el silencio de Italia y del conjunto de Europa ante las matanzas de Gadafi. ¿Silencio? Tampoco tanto. El miércoles, mientras el Consejo de Seguridad de la ONU y la UE balbuceaban un comunicado de condena, y el ministro de Exteriores italiano, Franco Frattini, hacía acrobacias verbales para defender lo indefendible, en Roma se anunciaba que Libia acababa de comprar el 2% de las acciones del grupo estatal Finmeccanica, octavo vendedor de armas y equipos aeroespaciales del mundo.

Ironías de la vida: ese mismo día, Finmeccanica también ordenaba repatriar a sus trabajadores desplazados al país norteafricano. La noticia de la venta del 2% del gigante militar italiano no debió sentar demasiado bien en la Casa Blanca. Después de adquirir DRS en 2008, Finmeccanica es uno de los principales suministradores del Pentágono. Pero nadie se siente especialmente orgulloso estos días en el mundo político y financiero.

La pregunta que muchos se hacen es si podía esperarse otra cosa de un tirano exaltado, que en el pasado ordenó derribar dos aviones llenos de civiles y de bombardear un bar de copas en Berlín. Sergio Romano, exdiplomático e historiador italiano, autor de un libro sobre Libia y asesor del Gobierno de Roma en la relación con Trípoli, responde saliendo por la tangente. “Lo que ha pasado era imprevisible. No podemos entrar ahora en el juego del ‘ya te lo dije’… Las revueltas en el Magreb han sido un movimiento espontáneo sin ideología, ha crecido mucho la masa crítica de jóvenes, la corrupción se ha unido a la chispa del suicidio de un tunecino y a la subida de los precios de los alimentos…”

“Lo triste es que estamos ante un problema ético sin solución”, añade Romano. “Ningún Gobierno lo dirá, pero por desgracia es así. Todo lo que están diciendo ahora es retórica vacía. Giulio Andreotti lo explicó con mucha gracia una vez: ‘Desgraciadamente, no podemos elegir a los vecinos de casa’. España lo sabe bien con Marruecos, y eso que el rey Mohamed es mejor que Gadafi. Si tienes un vecino, debes llevarte con él lo mejor posible”.

La duda es si era necesario llevarse tan bien. En Reino Unido, muchos ciudadanos habrán sonreído esta semana al recordar que Libia es dueña del 3% de Pearson, el grupo editor de uno de los periódicos más prestigiosos del mundo, el Financial Times. El año pasado, LIA puso en la mesa 224 millones de libras: hoy es uno de los accionistas de referencia del grupo, un modelo en el sector de la educación.

La ola de estupor, forzada o real, se extiende por el planeta. El senador John Kerry ha pedido al presidente estadounidense, Barack Obama, que retire de inmediato a las petroleras del país y que se impongan sanciones a Libia. Y en Turquía la oposición pide cuentas al primer ministro Erdogan por haber adobado los millonarios contratos bilaterales recibiendo en Trípoli, hace un par de meses, el Premio Gadafi a los derechos humanos…

Tampoco Alemania se queda a la zaga: la canciller Angela Merkel dijo que el discurso de Gadafi fue “aterrador”. Quizá le asuste menos saber que su país tiene todo tipo de negocios con Libia, que tocan al transporte, la construcción de infraestructuras turísticas y, por supuesto, el petróleo. Libia suministra algo más del 10% del crudo importado por Alemania: es su cuarto proveedor, después de la Rusia de Putin, Noruega y Reino Unido.

La gran arma de seducción empleada por Gadafi para conquistar al mismo mundo que una vez le condenó al ostracismo se llama LIA. Muchas de las inversiones en el extranjero que ha ordenado llevan la marca de este fondo soberano, creado en 2006 para reinvertir los beneficios generados por la extracción y venta del crudo.

Ideado como una forma de diversificar las inversiones, el LIA se considera en ambientes financieros más opaco y primitivo que otros de su género, y ha funcionado hasta ahora usando a bancos europeos y norteamericanos como intermediarios mientras aprende los secretos del negocio. Según afirma un cable de Wikileaks del 28 de enero de 2010, el responsable del fondo es (o al menos era entonces) Mohamed Layas, quien afirmó al embajador de EE UU que en aquel momento el LIA tenía “una liquidez de 32.000 millones de dólares”. Layas añadió: “Varios bancos americanos manejan, cada uno, entre 300 y 500 millones de dólares de los fondos de LIA”.

De acuerdo con una fuente española del sector, el LIA es menos sofisticado que otros de su especie con mayor experiencia, como los de Abu Dabi, que utilizan a muchos asesores y analistas para tomar cada decisión. También es bastante menos rico: en la actualidad, se estima que el Libyan Investment Authority tiene en caja unos 65.000 millones de euros líquidos. Poca cosa comparada con los 470.000 millones de euros de los fondos de Abu Dabi.

La misma fuente, un conocido gestor de fondos, cree que el LIA no pertenece a la fortuna personal de la familia Gadafi. “Son fondos institucionales, y con la crisis se han quedado en una especie de limbo, puesto que pertenecen al Estado, y en situaciones de incertidumbre sobre el futuro de ese Estado, los fondos quedan bloqueados. Así será hasta que aparezca una nueva estructura estatal, porque ahora están custodiados con las máximas garantías por bancos internacionales. Se puede decir que quedan a la espera del nuevo Estado libio”.

Pero entonces, ¿con quién hemos cerrado los tratos? ¿Con Gadafi o con un improbable y virginal Estado libio? Según Sergio Romano, “no es relevante quién haya hecho la inversión, da lo mismo si la hizo el LIA o el Banco Central. Libia es un Estado patrimonial. El Estado libio es Gadafi. Gadafi es el capo y el dueño de todo. El gestor único. Seguramente será uno de los tiranos que menos cuentas secretas tenga en el extranjero: disponía de todo el país. Su renuncia a los cargos le ha dado paradójicamente la libertad de hacer lo que quiere. Libia es un país sin instituciones. Nosotros (habla por el Gobierno italiano) le pedimos que privatizara algunas cosas, y lo hizo, pero poniendo a la familia al frente de ellas”.

Un asunto de familia, en definitiva. Hace dos años, según recordaba recientemente el Financial Times, algunos de los operadores más potentes del sector financiero anglosajón viajaron a Libia para cortejar a los responsables del LIA. El Grupo Carlyle, el gigante estadounidense al que se considera inspirado por la ideología neocon, fue de los primeros en obtener recursos libios, en 2007. Un año después, Saif el Islam Gadafi, uno de los hijos del coronel, se reunió en una cena privada con Frank Carlucci, exsecretario de Defensa de Estados Unidos y expresidente de Carlyle. Antes que ellos, los protagonistas de la famosa foto de las Azores tendieron los primeros puentes con el nuevo Gadafi estadista ejemplar y no repararon en gastos ni en reuniones privadas. Los mismos líderes que decidieron invadir Irak y acabar con el régimen dictatorial de Sadam Husein buscaron petróleo y dólares frescos en el régimen dictatorial de Gadafi.

De los cuatro jinetes del Apocalipsis, Tony Blair fue quizá el más eficaz. Desde que se hizo la primera foto con Gadafi, en 2004, unas 150 compañías británicas han sentado sus reales en Libia. En marzo de 2004, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sierra Leona estableció que Libia y Liberia habían adiestrado y apoyado a los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (FRU), la sangrienta guerrilla que entre 1991 y 2001 contribuyó a la muerte violenta de 50.000 personas. Libia fue condenada por la ONU a pagar compensaciones al Gobierno de Sierra Leona. Eso no impidió que, el 25 de marzo, Blair visitara Trípoli y se entrevistara con Gadafi. Era el segundo jefe del Gobierno británico que visitaba el territorio: el anterior fue Churchill. Coincidiendo con la visita, la angloholandesa Shell firmó un contrato con la petrolera estatal libia. Antes había llegado José María Aznar y después lo hicieron Gerard Schröder, Berlusconi, Sarkozy, Zapatero… Nada nuevo bajo el sol. Ha pasado siempre y volverá a pasar. Lo llaman realpolitik.

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